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Antiguo 23-09-2011, 02:59:25
Virtudair Virtudair is offline
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Predeterminado Cómo sobrevivir sintiéndote muerto

Mi nombre verdadero carece de interés. Mi edad sí que resulta interesante mencionarla: dieciocho. En este mismo momento, arrastro un trastorno que realmente no sé si calificarlo como depresión, pero es lo que más se acerca.
Bien, el comienzo, un verano del 2009, cuando decidí refugiarme en mi casa durante tres meses seguidos sin entablar ninguna conversación real con nadie. Tal vez cuando mi madre me invitaba a que saliera a coger algo de aire y yo le contestaba con un aspaviento de dejadez, o cuando mi padre insistía en que saliéramos todos juntos a la playa o a donde fuera y yo me limitaba a disentir. Eso era lo más parecido a una conversación que mantuve en esos tres meses. ¿El motivo de mi aparente depresión?

Todo empezó en torno a las Navidades de 2008. Probablemente esta es la típica historia que a casi todos nos ha ocurrido, pero las consecuencias en mi caso parece que me persiguen a día de hoy. Una chica, bonita sin duda, encantadora, cariñosa, graciosa, dulce... todo lo que cabría esperar de una mujer. El problema: ya estaba con otro. Ese otro no era nada menos que mi mejor amigo por aquel entonces (que aun considero de los mejores). Pasaron un par de meses hasta que realmente acepté que sí, me gustaba la novia de mi mejor amigo. Casi cómico, como si de un mal guión de película hollywoodiense se tratase, rollo American Pie o cualquiera de esas pijadas engañabobos. En esos meses mi ser se debatía por completo entre decirle la verdad a ella, a él, a los dos, o a ninguno. Por supuesto, ya que mi cerebro tiende a elegir el sendero con más obstáculos por eludir, mi decisión fue en un principio callarme. Por ella, porque realmente en ese momento creía fervientemente que me gustaba; por él, porque era mi mejor amigo, lo quería como a un hermano y porque sabía que él la quería a ella, y viceversa; y por mí, porque no podría soportar la idea de perder a dos amigos por un sentimiento que ni siquiera en el fin de los tiempos iba a ser correspondido.
Pasaron seis meses desde que me percaté de lo que sentía (o creía sentir) hasta que llegó el verano. En ese momento yo ya estaba por explotar como la bomba nuclear en Nagasaki e Hiroshima, con bastantes probabilidades de devastar todo mi alrededor. Tomé una decisión que, a la postre, serviría para aislarme de la sociedad indefectiblemente: se lo conté a él, a mi amigo, mi hermano. Casualidad o destino, en ese instante ellos no estaban atravesando su mejor momento como pareja, típicas dudas de las primeras relaciones sentimentales, fruto de la desconfianza o eso me pareció. Ya por esa época, yo había cortado cualquier tipo de relación que no fuese con ellos, limitándome a chatear con ambos y cerrar las demás ventanas de personas que me reclamaban y yo ignoré. Pues bien, una noche me armé de valor y le dije lo que tenía guardado por medio año: "yo la quiero". Eso fue lo que le dije, y él lejos de insultarme o jurar que me mataría por hijo de meretriz, me apoyó incondicionalmente y me mostró su hombro. Yo no lloré, por esta chica jamás lloré... a pesar de las incontables noches en vela tratando de sacármela de la cabeza.
Le hice jurar que no se lo diría nunca, y nos prometimos seguir siendo amigos a pesar de los pesares. Se la encomendé a él, le pedí que la cuidara "como la princesa que es".
Transcurrió cosa de un mes, y ellos cortaron abruptamente. En ningún momento se me había pasado por la cabeza que esa posibilidad existiese, estaba inmerso en un bucle de negatividad y pesimismo. Ni siquiera habría deseado que eso ocurriese... los dos eran mis amigos y saltaba a la vista que juntos eran felices.
Una noche de tantas en las que fui su paño de lágrimas, ella me confesó que creía que le gustaba otro. Entre llanto y llanto, yo, por alguna estúpida e inconsciente razón, interpreté esta confesión como una indirecta referida hacia mí. Reflexionándolo fríamente, fui un iluso que se tragó todas sus ilusiones.
De ahí que a la semana de dicha confesión, le mandé un correo, muy cobardemente, explicando mis sentimientos hacia ella, desde cuando los tenía y las locuras que yo podría hacer por ella. Sin embargo, cuando había terminado el correo y el puntero del ratón estaba a punto de hacer "clic" en enviar, tomé una decisión espontánea. A este e-mail le añadí una pequeña "cláusula", como si de un contrato se tratase, como si pudiese deshacerme de los sentimientos con un ridículo papel. Esta consistía en que, dado que yo la quería mucho, muchísimo, solo podía mirar por el bien de ella y su felicidad, pero me encontraba dividido porque mi mejor amigo también estaba mal, y no me pareció nada justo pretender ocupar su puesto. Así, el correo finalizaba diciendo que, debido a mi corazón partido en mil cachitos, este se partiría en millones de trocitos si me atrevía a traicionar a mi amigo intentando lo que sea que hubiese podido pasar, por lo que lo mejor sería cortar nuestros lazos.

De este modo, tan sumamente infantil y patético, me abandoné a una medio vida en muerte, pasando semanas enteras sin dormir, sin comer y casi sin agua. Destrocé cada uno de los recuerdos inocentes que me quedaban,y me juré ser el chico frío e indiferente que se pasearía meses, años más tarde con la mirada perdida, casi tanto como mi existencia. En esa época no tenía valor ni para mirarme al espejo, no tenía fuerzas ni para llorar. Estaba hueco, totalmente vacío de sentimientos e ideas que pudieran hacerme pensar en ser un chico normal, con sus normales preocupaciones y sus normales motivaciones. Las ojeras me llegaban al corazón, porque no había nada lo bastante profundo como para despertarme de ese coma inducido en el que había transformado mi existencia. Uno a uno, todos los momentos que creí felices en el pasado, los olvidé. La espiral de dolor no había hecho más que comenzar.
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