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Antiguo 17-02-2013, 18:27:49
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Predeterminado Antigua Vamurta Gratis

Antigua Vamurta (Volumen 1), de Igor Kutuzov, es una novela de literatura fantástica. Un libro de fantasía con reloj de novela histórica. Una historia épica, de amor, guerra y esperanzas. En abril 2013 se publica la segunda y última parte.

Sólo hoy y mañana la podéis descargar gratis en amazon. Os dejo los enlaces y más abajo la portada y la sinopsis.

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Sinopsis

El devastador asedio a Vamurta, la capital de los hombres grises, lo cambiará todo para siempre. La caída de la ciudad se narrará como un suceso épico y descarnado. Vamurta agoniza esquilmada por la barbarie, y sus habitantes emprenden una huida por mar, que los llevará a los lejanos puertos de las colonias. Para muchos de ellos, comienza una epopeya hacia tierras inhóspitas, hacia parajes extraños aún por descubrir.
Serlan de Enroc, el más poderoso de los hombres grises, se convierte en un fugitivo. Pronto deberá enfrentarse a un viaje impredecible. A una vida dura, cincelada por las manos de los dioses y el azar. A una epopeya que mostrará su verdadero rostro, sus dudas, su coraje.
Tres mujeres trazarán el destino de Serlan, y en ellas hallará el amor, los anhelos y las fuerzas perdidas para encontrar su lugar en el mundo. Un mundo donde las luchas por el dominio territorial se recrudecen en una guerra intermitente entre civilizaciones, marcada por la fragilidad de las alianzas.
La leyenda vuelve a ser escrita a golpe de acero y fuego.



Fragmento:

Desde donde se hallaba se podían escuchar susurros que se perdían. Llegaban luces oscilantes, las blancas luces del sol. Hacía calor y sudaba. El dolor de la herida había crecido hasta colmar su cuerpo y doblegar su voluntad. Al entreabrir los párpados, le pareció que unas sombras atravesaban los haces de luz que se proyectaban sobre su cama. Intuyó que no se encontraba solo, que algunos lo acompañaban. Desde el exterior llegaba el rumor de una ciudad, una ciudad que jadeaba asustada. Logró razonar unos instantes. «Los dioses que tanto me han dado, hoy parecen negármelo todo».
Los recuerdos de esos últimos días se entretejían, sumiéndolo en la confusión y la pérdida. ¿Eran palabras lo que oía o el rumor del oleaje? La fiebre volvía a galopar en sus arterias, tiritaba como un niño. Alguien aplicó una tela húmeda y fría sobre su frente ancha. Sintió que la piel, áspera y gris, era refrescada por una leve corriente de aire.
La realidad se fundía de nuevo, esas voces se alejaban, los claros en la habitación desparecían. Cerró los ojos. Necesitaba ordenar, necesitaba saber dónde se encontraba. De golpe, se incorporó de la cama. Gritó, preguntó por su madre con desespero hasta que flaqueó, desplomándose sobre las sábanas para volver a navegar entre pesadillas. El incienso que se consumía en la estancia aligeraba el peso de sus propios olores, el hedor de un enfermo mezclado con las secreciones de la herida. Volvió a un estado de duermevela, sumergido en un baño de emociones. En aquel rincón de reposo el mundo era un lugar sin tiempo.


Debía de ser muy pronto. Cerró y abrió sus puños, se palpó la cara con prudencia, como si concibiera la posibilidad de descubrir a otro. Haber perdido el paso de los días y de las noches le producía una vaga sensación de vértigo. La fiebre había remitido. Ahora era capaz de observar su entorno y volver a situarse.
El techo de la cámara era un gran lienzo, escenas de combates de los padres de su pueblo. Se habían aplicado pocos colores. Dominaba una textura color tierra punteada de azules y tonos más oscuros. En el centro del fresco, un grupo de hombres grises traspasaban con largas lanzas los esbeltos cuerpos de los murrianos, agrupados en un extremo del mural, dibujados con una idéntica expresión de terror, alineados como si se tratara de un rebaño que espera el sacrificio. Algunos intentaban escapar y eran dibujados huyendo a la carrera hacia el otro extremo del mural, ahí donde se vislumbraba el horizonte, bajo el que se distinguían las grandes montañas del oeste. A la derecha estaba representada Vamurta, con su gran anillo amurallado. De la ciudad salían filas y más filas de soldados, los cascos azulados, bajo los estandartes negros y blancos del condado.
Su mirada abandonó el fresco, desplazándose hasta la pared que tenía justo enfrente. Encontró una amplia estantería de roble que llegaba hasta el techo. Ahí se guardaban gruesos volúmenes de cuero viejo. Libros de doctrina religiosa, de ciencia y arte, las Leyes Dantorum, tomos de caza y algún tratado naval.
Era su habitación. Veía el armario de armas abierto a la derecha de la balconada. Tamizada por delgadas cortinas blancas, se filtraba la claridad fría y limpia del amanecer.
El dolor volvía a quemarlo como un fuego sin llama. La pierna. Un dolor negro y silencioso que conseguía romperlo. ¿Qué había pasado? Se retorcía sobre las sábanas, cerrando los puños con fuerza. Dejó escapar un alarido. ¿Cuándo? ¿Por qué todo se despedazaba? Sus certezas y recuerdos temblaban. ¿Qué hacía en su propia cama, herido? Sabía que nadie los había visto llegar. Se mesó la negra barba, de pelo liso, después el rostro de piel ligeramente gris, propia de su raza. Estiró el pie izquierdo hasta notar cómo los huesos crujían. Recordó lo vivido, los acontecimientos que se habían sucedido con gran violencia, uno tras otro sin que nadie los pudiera frenar. Los hombres grises no estaban preparados. Nadie había previsto la ofensiva del pueblo murriano.
Le pareció recordar que había despertado dos jornadas atrás en algún punto cerca de la capital, tras la batalla, aunque no estaba seguro. Estaba allí, aturdido sobre hierbajos a merced del viento. Se había medio incorporado sin entender dónde se encontraba. Rememoró el desconcierto de aquel que vuelve a la vida en un paisaje de pesadilla que al principio no reconoció. Sombras, manchas de luz mortecina. El cielo, una gran franja azulosa apagándose, se extendía por encima de la línea del montículo que se elevaba frente a sus ojos. El silencio del crepúsculo, cuando los latidos del día se retiran.
Desde su cama recordó ese lugar incierto en el que recuperó el conocimiento tras la contienda. Un fuerte mareo lo obligó a permanecer de rodillas, exhausto, atormentado por una terrible sed. No sentía la lengua ni los labios cuando volvió en sí. Sabía que necesitaba agua para abrir esa masa de arena que era su boca. Le llegó un rugir lejano, lamentos diluidos por la distancia. Volvía a caer. Era incapaz de levantarse. Muy confundido aún, sus manos aterrizaron sobre algo frío y viscoso. Apoyado sobre un solo brazo se miró la palma de la mano. Roja, aquello que se adhería a su piel gris era sangre. El espanto. El miedo le devolvió los sentidos. Se encontraba rodeado de cuerpos sin vida, se había incorporado de entre los muertos.
Veía bultos, hombres y mujeres cubiertos de barro seco, manchados, algunos agarrados al asta de las lanzas, ahí una mano aferrada al pomo de una espada. Una gran extensión sembrada por los restos de la batalla, un campo reventado, como un naufragio. Cuerpos amontonados siguiendo las ondulaciones del terreno, acariciados por la luz morada del anochecer. Volúmenes inmóviles de los que sobresalían cabezas, banderas arañadas y brazos.
Sobre el manto de los cuerpos inertes, los buitres trazaban amplios círculos hasta aterrizar con gran parsimonia sobre los cadáveres para desgarrar y tomar su tajada. Oía a su alrededor el aleteo incesante, los grandes pájaros levantando el vuelo, allí había uno dando pequeños brincos entre los muertos. Intentó entender qué había sucedido.
Solo, al pie de una loma de piedras, abrasado por la sed, sucumbió al impulso de remover los cuerpos, frenético, sin percibir el gran hedor que, como una niebla espesa, se adhería a todo lo que estuviera a ras de suelo. Levantaba piernas, giraba barrigas, volteaba corazas, hasta que encontró un pellejo de agua.
No había mucha, dos tragos cortos. Exhaló aire. Inmediatamente después de beber, su olfato percibió todos los matices de la podredumbre. Notó un golpe bajo su esternón, hasta tres veces sintió la subida del vómito...
Consiguió dar dos pasos. Había que subir hasta esa loma. Debía huir de ese lugar.
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